Proceso del Pensamiento Venezolano (1940)


Además de los libertadores hay algunos rostros que, frente a la gran tragedia y el azaroso vivir al día de la historia política venezolana, representaron la previsión, la prudencia, la búsqueda de un pensamien­to nacional afincado en la realidad de nuestra existencia histórica y servidor de ella. Dos grandes generaciones ha conocido hasta hoy la historia de Venezuela, la de aquel puñado de audaces que realizaron la Independencia, y la de aquellos más tranquilos pero no menos inte­ligentes cuyo doloroso testimonio de la tierra quedó expresado, por ejemplo, en los discursos y discusiones de la Convención de Valencia en 1858. Buscando el instinto más que la reflexión, hemos solido olvidar el pensamiento de los héroes civiles —Gual, Fermín Toro, Va­lentín Espinal, Juan Vicente González, Cecilio Acosta— que supieron ver como pocos, y teniendo la esperanza, de mejorarla, la oscura y tu­multuosa verdad autóctona. Después de ellos o simultáneamente con ellos —como en la dolorida y recoleta existencia de Cecilio Acosta— comenzó la era de los “caudillos únicos”, de los “césares democráticos”, bajo cuyo reinado el pensamiento nacional perdió su fuerza creadora y combativa o se ocultó y proliferó en el matorral de la inofensiva re­tórica. Dice Harold Lamb que Gengis Khan, el terrible jefe de las es­tepas asiáticas, gustaba rodearse de los letrados chinos, no precisamente para escuchar sus consejos, sino porque aquéllos sabían iluminar en oro, en rojo y en azul los más bellos manuscritos. Letrado y dibujante eran términos casi sinónimos en el tiempo de Gengis Khan. Y el “jefe” que no comprendía ni se interesaba por el pensamiento, era extraordi­nariamente sensible a la bella caligrafía. Un manuscrito iluminado le parecía tan hermoso como una silla de montar, unos bien labrados es­tribos o aquellos cráneos de los enemigos muertos que con su pie de plata eran las copas más apetecibles. Así, bajo el reinado de los “cé­sares”, los intelectuales venezolanos solieron llamarse “orfebres”, co­leccionistas de adjetivos, optimistas y alabadores profesionales que tra­bajaban el pensamiento como los talabarteros y los calígrafos de Gengis Khan. Hay algunos libros documentales que expresan esta era sombría de sumisión y miseria de la inteligencia venezolana: una jira de Castro por los Estados del interior “sincronizada”, diríamos hoy, por los más retumbantes discursos, y el pequeño libro en que Morantes se com­plació con humor triste en apresar y recoger, como un herbario, las adulaciones más sonadas que había merecido el Restaurador. Bajo Gó­mez fue la época del soneto y de la sociología; el soneto tenía como tema la paz del “Benemérito”. . . Paz de las vacadas en los potreros de Aragua, de las carreteras y la prisión civil. Muchos venezolanos —que no sabían hacer otra cosa— hicieron sonetos. En cuanto la so­ciología, al servicio del César, con su revestimiento de cientificismo pe­dante, de mal aplicadas ideas de Taine o de sociólogos de menor cuantía que ya estaban completamente trasnochados o superados en Europa, pro­pagó una resignación impotente cuya influencia deletérea en el espíritu nacional examinaremos después. En el pesimismo, la alabanza fácil y la conformidad ante un estado social desventurado como era el de nuestro país, se olvidó aquel pensamiento constructivo que tuvo la generación de la Independencia y que fue el mensaje intelectual de un Fermín Toro o de un Cecilio Acosta.
Desposeído el escritor criollo de toda misión social, no tuvo otro destino —si quería ser limpio y honesto— que evadirse por las rutas de la fantasía, verter en fábulas su dolor del tiempo presente. Para algu­nos, siguiendo el viejo ejemplo de Juan Vicente González, la historia era como un castillo recóndito donde encerraban su callada y amarga protesta. Es el caso de ese como último discípulo de Rousseau y here­dero de la tradición de don Simón Rodríguez, que se llamó Lisandro Alvarado. Alvarado es una de las mentalidades más curiosas y un poco malogradas que ha producido Venezuela. Su inconformismo —como el de don Simón Rodríguez— se transformó en espíritu nómada, en per­manente curiosidad, en ansia de lo primitivo. Era el hombre que quería buscar en el idioma y la convivencia de los indios el sentido y explica­ción del Universo que no podían enseñarle los doctores de Caracas; que se ponía unas alpargatas y se dejaba apresar en la recluta para identi­ficarse con los pobres soldados palúdicos que comen su ración de “topochos” y tocan su triste “cuatro” en la plaza de la aldea criolla; que en una recepción del Ministerio de Relaciones Exteriores exhibe una corbata de púrpura y un prendedor con la calavera y las tibias de la muerte como para escandalizar —un poco infantilmente— a los pruden­tes funcionarios; que defiende contra la Facultad de Medicina de Ca­racas al yerbatero Negrín porque éste ofrece yerbas de nuestros campos, y vosotros, señores doctores, usáis venenos químicos y cobráis veinte bo­lívares por la consulta. Esta simpática y buscada extravagancia de un hombre como Alvarado esconde de manera simbólica la tragedia de la inteligencia criolla, del hombre inconforme entre muchos hombres sa­tisfechos. Quienes como él no podían dialogar con los indios, o perderse por los caminos de Venezuela arrastrando las alpargatas del recluta, o leer los clásicos latinos, salían al extranjero —Morantes, Blanco Fombona, Pocaterra— a derramar sus panfletos y protestas. Otros solían ma­lograrse en el clima trágicamente monótono de las tiranías estúpidas; de una existencia como al margen de las aspiraciones y los problemas del mundo moderno. Venezuela no sólo ha devorado vidas humanas en las guerras civiles, en el azar sin orden de una sociedad violenta, en convulsionado devenir, sino también marchitó —antes de que fructifi­caran bien— grandes inteligencias. Entre las no pocas cabezas que sur­gieron de nuestra tierra no infecunda, tal vez la única que cumplió goethianamente con su nutrido mensaje fue la de Andrés Bello. Pero la obra de Bello fue a convertirse en organización civil, en norma ju­rídica, en tradición cultural en la República de Chile. Sobre otros gran­des hombres nuestros cayó un destino de misantropía y soledad como el que acabó con la extraordinaria existencia de Cajigal, o de ya insal­vable fatalismo histórico, como fue el caso de Gual, de Fermín Toro, de Juan Vicente González, de Cecilio Acosta. En la primera de sus no­velas, El último solar, ha contado Rómulo Gallegos esta historia per­manente y profundamente nuestra del idealista que no alcanza a con­vertir su ideal en acción; del reformador que no reforma.

* * *
Después de la guerra federal (1859-64) había entrado el país en un retroceso de barbarización que no alcanzó a superar ni vencer el sedicente “despotismo ilustrado” de la época de Guzmán Blanco. Im­buido de la suntuosidad ornamental y aparatosa del Segundo Imperio francés, inteligente e intuitivo, pero al mismo tiempo vanidoso y cerrado en su providencialismo, Guzmán olvidó, por la obra de ornato o por la empresa entregada al capital extranjero, las cuestiones inmediatas de la tierra; su progreso se quedó en la periferia y no llegó a lo profundo de la vida nacional. Tuvo oportunidad de hacer una política semejante a la de Sarmiento, Mitre o Pellegrini en la República Argentina; encon­traba un país que le hacía caso y podía poblar y sanear. (Era el momento en que grandes masas de población europea desembocaban en la Argentina.) Pero su simple ideologismo y su vanidad de dictador limi­taron la obra de Guzmán Blanco; en vez de unir una Venezuela ago­tada, desangrada y barbarizada por las guerras civiles, se complació en dividir. Venezuela, dentro de la idea guzmancista —que fue también la de aquella facción que se denominó el “Partido Liberal Amarillo”—, se dividía en los “buenos” y los “malos”, en los “liberales amarillos” y en los “godos de uña en el rabo”. Fue muy inferior a Páez, porque no logró formar en torno suyo una “inteligencia” que le diera forma, base jurídica o moral al Estado venezolano. El intelectual, para Guzmán Blanco, fue el amanuense, el rapsoda de las glorias del “Ilustre Ame­ricano”. Y con el pretexto magnífico de una cuestión doctrinaria (Ve­nezuela no quería que los sacerdotes se metieran en la política) esca­moteó el verdadero problema venezolano, que era el de aquellas masas campesinas de la Guerra Federal que con su oscuro instinto reclamaban justicia económica. “Anticlericalismo y alternabilidad republicana” fue­ron casi las únicas consignas que podían traducirse claramente dentro de la retórica vaga y proliferante de lo que se llamaba el “Partido Li­beral”. Anticlericalismo: el sonado asunto de las “manos muertas” y de la “laicización de los bienes de la Iglesia” no enriqueció precisa­mente al país, sino a los jefes y usufructuarios de la Federación. En cuanto a la alternabilidad republicana —no del César, naturalmente, que se hacía aclamar y reelegir, sino de los funcionarios sometidos al arbitrio y la caprichosa voluntad del amo—, impidió que se formara en Venezuela ese elemento de orden y de disciplina social que se llama una reglamentada administración pública. (El funcionario que no ne­cesitaba competencia ni adiestramiento técnico, sino dependía solamente del tornadizo humor del “jefe”, consideró su empleo como una provi­soria y eventual época de las “vacas gordas”, como un premio de la lotería fiscal que es preciso aprovechar, dado su carácter aleatorio. So­ciológicamente, Venezuela, después de las guerras civiles de la segunda mitad del siglo XIX, es como una gran montonera —sin ejército, sin administración pública digna de este nombre— donde el caudillo más guapo, inteligente o astuto se impone sobre los otros caudillos provin­ciales.)
Si para sus obras de ornato, Guzmán Blanco pensaba en la Francia del Segundo Imperio, y por ello algunos edificios públicos construidos en esa época tienen un estilo de balneario, para gobernar sobre los vo­luntariosos caciques era como el supercacique que hablaba. . . francés. Desaparece de la acción pública aquella inteligencia constructiva de nuestros primeros legisladores, hombres de Estado o pensadores, y el escritor y el jurista sólo sirven, como en Bizancio, para poner en mejor prosa los caprichos del jefe. Es el valor del “guapo” o la audacia ar­bitraria del “cacique” la más alta medida humana en ese largo período histórico (1864-1935), que se prolonga hasta el final de la dictadura de Gómez.
Ya en 1865 un escritor de la talla de Juan Vicente González se había colocado, con un poco de romanticismo histórico, en la posición del último venezolano que ha visto morir los hombres que hicieron la patria; que ha enterrado con Gual al último grande hombre de Estado; con Fermín Toro, al último humanista; que ha sido testigo de la lamen­table senectud de Páez. Se objetará, y con razón, que lo que dolía a Juan Vicente González, a pesar de que su estilo y su visión histórica habían recibido la influencia de Michelet, era la desaparición de una tradición aristocrática vinculada un poco a los “mayorazgos” intelec­tuales de Caracas. Venezuela, por la necesidad imperiosa de la realidad geográfica, no eran las cultas tertulias caraqueñas de don Manuel Felipe Tovar, ni el grupo de humanistas que habían hecho muy bien su latín en el Seminario Tridentino, ni las jóvenes generaciones del Colegio del Salvador del Mundo. Venezuela era también el desierto y los hombres del desierto, ansiosos de expresión, cuyo caudillo y profeta se llamó Ezequiel Zamora. Pero ocurrió que esa educación un poco para las “élites” intelectuales (la educación del latín y el derecho romano de nuestros primeros hombres públicos) no fue reemplazada por una edu­cación democrática, por el “humanismo moderno” con que soñaba Ce­cilio Acosta.
Cecilio Acosta fue uno de los hombres que entre los años 60 y 80 tuvieron una visión más aguda de los problemas y urgencias nacionales. Se han precipitado sobre el país las masas rurales, los “hombres nue­vos” que movilizaron las facciones federalistas; era preciso incorporar­las a la cultura, “darles forma”, como diría Spengler. Y ese humanista —esa especie de fraile laico— sabe ver los caminos de la civilización contemporánea. Más que en los discursos académicos —demasiado ador­nados para nuestro gusto de hoy—, el pensamiento vidente y vigilante de Acosta se vierte en aquellos artículos o cartas un poco familiares en que parece discutir con un interlocutor invisible el destino de nuestras democracias criollas. El mundo democrático sajón le sirve como ejem­plo, contraste y amenaza ante el desorganizado mundo indolatino. Pide para Venezuela nuestro humanista aquello que es un lugar común, pero que en la práctica no hemos hecho: una enseñanza democrática que, a base de idiomas modernos bien aprendidos, nos abra las rutas del comercio y el conocimiento mundial; menos doctores y más agri­cultores y artesanos; estudios técnicos; conocimiento objetivo y directo de nuestro territorio. Contra el peligro imperialista sajón, que ya había advertido admirablemente Gual, Acosta recomendaba “sajonizarse” un poco, no renunciando a nuestra alma nacional, pero adaptándola a los valores y las formas del mundo moderno. Éramos los románticos, los soñadores indolentes y desaprensivos en una civilización dirigida por ingenieros y hombres de empresa.
Pero bajo la autocracia guzmancista no era un pensador aislado como Acosta quien podría transformar la vida nacional. Él y otros in­telectuales que no se plegaron a la alabanza y perpetua apoteosis del dictador vegetaban en ese “cementerio de los vivos” de que hablaba el propio Guzmán Blanco. La gran retórica de la “causa liberal” ahogaba en las aclamaciones del “septenio” o del “quinquenio”, en los discursos y manifiestos presidenciales, en los editoriales de La Opinión Nacional —primera gran empresa de periodismo cesarista surgida en el país—, el eco de un verdadero pensamiento nacional que ayudara a la edifi­cación democrática. La fuerza del Estado guzmancista se expresaba en aparatosa obra de ornato: el Capitolio Nacional construido en ochenta días, el Paseo del Calvario, las torrecillas góticas de la Universidad, etc. Entre tanto, se extendía el paludismo en el llano, se estancaba la ri­queza ganadera y pagábamos en contratos leoninos las pocas obras de efectivo progreso construidas con auxilio del capital extranjero (muelles y ferrocarril de La Guaira, ferrocarril de Puerto Cabello, etc.)
El clima propicio y los elementos raciales más homogéneos favo­recían a algunas regiones del país, como la región andina, que perma­necieron un poco al margen de la vasta tormenta federal y que, aun sin recibir inmigrantes y disponer de buenos caminos al mar, aumen­taban, empero, de riqueza y de potencial humano. Son estas circuns­tancias étnicas y sanitarias las que en la alborada del presente siglo producirán una revolución andina. Lo que se ha llamado “la cuestión andina” reproduce en pequeño en nuestra historia nacional el caso del Lacio agrícola y biológicamente fuerte y unido de los primeros siglos de la historia romana sobre las poblaciones más brillantes pero más divididas de la Italia meridional, o de la Macedonia montañesa sobre los retóricos y discutidores de Atenas. Ningún problema de historia ve­nezolana requiere del historiador y sociólogo mayor cuidado y compren­sión al interpretarse. Que bajo Castro y Gómez, los dos caudillos mon­tañeses, la administración fuera rapaz, no es culpa de los Andes, sino de la vasta dolencia social. Y en la descomposición de ese período que Pocaterra ha llamado “la Venezuela de la Decadencia”, Castro y Gó­mez, ayudados también por sus “doctores”, pueden afirmarse en el po­der nueve años el uno y veintisiete el otro.
Medio siglo después de la Federación aún subsistía aquel estado social informe creado por ella. Castro, Gómez y sus “jefes civiles” eran como los últimos y tardíos representantes de esas masas rurales que entre 1858 y 64 destruyeron las “formas” del Estado venezolano. Ha­brían podido llegar a incorporarse normalmente a la vida nacional si lo que entre nosotros se llamó campanudamente el liberalismo hubiera realizado lo que no alcanzaron o no pudieron realizar los godos: un plan económico y una reforma educacional. El poder público se deseaba como una industria en un país de tan rudimentarias formas económi­cas como era el nuestro. Si algunas pequeñas oligarquías provincianas conservan las haciendas heredadas de sus mayores y la tierra rica (a pesar de la técnica agrícola primitiva) les da holgadamente para vivir; si a la sombra del capital extranjero empieza a formarse en Ca­racas y en los centros comerciales otra oligarquía que acapara los bancos y el comercio exterior, la gran masa carece de destino económico. El venezolano que no heredó hacienda y que no tiene vocación para mé­dico o abogado (las dos profesiones liberales a que se aspira más anhe­losamente) no encuentra qué hacer. Por esta razón, las guerras civiles y revoluciones de Venezuela en el siglo XIX parecen movilizar en busca de un destino personal esa masa de población pasiva, sin ubicación ni sitio en el mundo. Pequeños comerciantes y gentes endeudadas se in­corporan así a las facciones de la Federación y de las guerras que vie­nen después. La vida venezolana de aquellos días es la enorme novela de las gentes que se lanzan a perseguir la suerte. Se esperaba una re­volución casi como un medio de circulación económica; se robaba al hacendado o se imponía un “empréstito forzoso”. Cuando no había una revolución, eran aventuras como las del caucho o el oro de las selvas guayanesas las que lanzaban a las gentes tras un nuevo Dorado de fortuna.
El atraso cultural iba de mano con el atraso económico y explica también la violencia inaudita de aquellas horas de historia nacional. Ante las masas nuevas y bárbaras que había aflorado la guerra de Fe­deración, un hombre como Guzmán Blanco llega a asustarse y tiene una gran idea: multiplicar las escuelas, crear la educación primaria obligatoria. Esta idea guzmancista, como todas las suyas, apenas roza la superficie del problema. Indudablemente hay más escuelas en 1884 que las que se hicieron en el tiempo de los godos. Pero estas escuelas sin maestros (porque los caciques locales nombran a su guisa los pre­ceptores), sin material de enseñanza, sin relación práctica o emocional ninguna con el medio donde deben actuar, apenas enseñan a algunos proletarios o campesinos venezolanos a garrapatear su nombre o a leer deletreando. No se traducen en cambio moral o económico provechoso para el medio rural. No mejoran la producción, ni las formas de con­vivencia familiar, ni la comprensión cívica de la patria. Por lo demás, el esfuerzo ocasional de Guzmán Blanco no tiene continuidad bajo los “césares” posteriores. Recientemente, y de manera muy sagaz, ha hecho Arturo Uslar Pietri un estudio crítico de los presupuestos venezolanos en el presente siglo. La instrucción pública es, naturalmente, bajo los regímenes de Castro y Gómez, la rama más abundante y peor dotada entre los servicios del Estado. En esta medida nos corresponde, bajo el gomecismo, el triste privilegio de ir como a la zaga de los países sudame­ricanos.
Ante las desgracias del país y el empirismo y la rutina bárbara que se suceden bajo la forma de malos gobiernos, la inteligencia na­cional suele reaccionar conformista o pesimistamente. Un venezolano que hubiera nacido en las últimas décadas del siglo pasado —el 70, el 80, el 90— y cuya edad de razón correspondiera a los regímenes de Castro o Gómez, no habría visto en torno suyo ni podía aspirar ni de­sear otra cosa. Lo que entre nosotros se llama la cultura no es propia­mente la identificación o comprensión con la tierra, sino la fuga, la evasión. El “modernismo literario” de los años 1890 a 1900 significó para los intelectuales venezolanos el camino a Europa, la reivindicación individual de cultura de los mejor dotados en un país que todavía no los comprende ni los necesita. El nombre de la revista con que se inicia una de las más brillantes generaciones literarias que ha tenido el país —la de Coll, la de Díaz Rodríguez— es revelador de ese estado de alma. Se llama Cosmópolis, porque hay que buscar en otras tierras el con­tento espiritual que no puede ofrecer la nuestra. Porque en el medio no dominan las ideas, sino los instintos; el escritor o el artista se en­cierra en su “torre de marfil”, en el shakespeariano castillo que sirvió como título a un libro de Pedro Emilio Coll. Las dos actitudes más frecuentes en la literatura y el pensamiento venezolano de ese período son el criollismo folklórico y el ausentismo exótico. El decadentismo europeo y el individualismo estético de los años 90 alejan al escritor de la tierra o lo impulsan a erigir, frente a la oscura realidad próxima, su fantástico mundo de sueño y de errancia, como en el Tulio Arcos pintado por Díaz Rodríguez. Si los mejores escritores de esta genera­ción y de la inmediatamente anterior —Gil Fortoul, Zumeta, Díaz Ro­dríguez, Coll, Urbaneja Achelpohl— han escrito páginas que cuentan entre lo más duradero de la prosa venezolana, a otros puede aplicárseles la definición de Francesco de Sanctis al explicar el barroco lite­rario italiano de la época de la Contrarreforma. “Toda idea literaria —decía Sanctis— se refiere a la forma y carece de contenido. La lite­ratura es una especie de espectáculo vocalizado en que predomina y se busca lo intrincado del concepto, el brillo de la imagen, la sonoridad de la frase. Es un ideal frívolo y convencional, con escaso sentido de la vida real; es un absoluto ocio interno.” Mientras los bárbaros llegan —como en Idolos rotos, de Díaz Rodríguez—, el artista que se siente desterrado en el medio, sin voluntad ni apetencia para un combate que advierte desesperado, se refugia en el amor o en un solitario e incomprendido ideal de belleza. O bien —ya que todos son bárbaros—, con frenesí dannunziano, quiere buscar también la oscura y cruel hermo­sura de la barbarie. (Había poetillas decadentes que comparaban a nuestros “jefes civiles” de la época de Castro y Gómez con los condottieri del Renacimiento.) Ser “guapo”, en el sentido de la violencia criolla, parecía un valor estético.
A pesar de nuestro atraso científico, o precisamente por eso, el materialismo determinista de la segunda mitad del siglo XIX era la única corriente filosófica que había penetrado en nuestras escuelas. Como ya lo he explicado en otro ensayo mío (Hispanoamérica, posición crítica), surge en esa época entre nosotros una sociología de tipo cesarista que pretende justificar el hecho venezolano y que puede esgri­mirse como arma providencial de propaganda política.
Desde un punto de vista puramente literario, es Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, la más significativa obra de ficción producida al final de la época gomecista. Es el libro en que mejor cabe, hecho sím­bolo, la tragedia civil que sufría Venezuela. Doña Bárbara es el instinto puro y devorador que consume toda construcción, todo orden de la in­teligencia y la cultura. Ella se yergue ardorosa y terrible en su voluntad de barbarie. Es como la Venezuela mestiza surgida de la montonera primitiva, del pueblo sin guía, del Estado sin forma que hemos sufrido a través de las crueles guerras inexpiables y las dictaduras de los si­glos XIX y XX. Y aquel mundo de Doña Bárbara se puede comparar —si no literariamente, por lo menos desde el punto de vista socioló­gico —con la Venezuela aldeana que con parecido dolor civil describiera Fermín Toro en un discurso famoso de la Convención de Valencia en 1858. Entre uno y otro testimonio literario han mediado setenta años; es decir, el curso de más de dos generaciones. Y a pesar de al­gunos ferrocarriles y carreteras, el estado social del pueblo parecía el mismo de 1930. Superstición, rutina, crueldad. Después de Fermín Toro, las masas campesinas, en que ardía un como instinto mesiánico, si­guieron a los caudillos que les prometían justicia. Pero los jefes de la guerra se convirtieron en los “jefes civiles” de la paz castrista o gomecista. Relatos fabulosos, los sueños de un mundo mágico, siguen lle­nando, como en 1858, el alma de la multitud analfabeta, crédula, in­fantil. Y la historia que comenzó Bolívar está por proseguirse.

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En 1936 se abrió como un paréntesis, se comenzó a ventilar la que era empozada existencia nacional. Tuvimos prensa libre y deseo de renovar nuestra historia. Nos faltaba educación política, que no pu­dieron transmitirnos los largos años de “cesarismo democrático”, y apa­recíamos de pronto en medio de la vida moderna, como confundidos e interrogantes ante la variedad de caminos. Democracia es la palabra permanente en que se han troquelado todos los anhelos de reforma y organización advertidos en los últimos años venezolanos. Somos en la mayoría gente de tierra caliente, y más que el plan tranquilo nos toma el arranque afectivo. El estadista debe contar con ello cuando se de­dique a mejorar y transformar la realidad venezolana.
La democracia —como ya lo enseñaba Cecilio Acosta entre los años 60 a 80 del pasado siglo— es, entre otras muchas cosas, un problema de cultura colectiva. Replegada en el bizantinismo formal de muchos años de tiranía; cerradas o inexistentes las escuelas y universidades donde pudieran formarse los hombres capaces de organizar un nuevo Estado, el problema cultural venezolano de los presentes días comporta una doble técnica y una doble solución. Por una parte esperan incorporarse a la vida jurídica y moral de la nación esos Juan Bimba sin historia (así se les ha llamado en 1936) cuyo destino étnico y espiritual todavía es un secreto; masa campesina y proletaria en cuya sangre se han con­fundido, al través de las generaciones, el blanco, el indio, el negro; raza nuestra cuya única forma de expresión colectiva fue la violencia. Había hecho crisis la pequeña escuela donde, como decían los programas de Instrucción Primaria, se les enseñaba “Lectura, Escritura, Historia Pa­tria, Aritmética Razonada”. Hay que enseñarles también a producir, a mejorar el trabajo de sus manos, a hacer moral y estéticamente más sana su convivencia.
Educación económica (rural, manual, técnica), educación física y sanitaria, son rubros casi nuevos en eso que hasta ahora denominá­bamos nuestra Instrucción Pública. Simultáneamente con ello hay que crear las cabezas que piensen para la nación, los hombres capaces de señalarnos los caminos de la vida moderna. El médico, el abogado, el poeta espontáneo han solido ser los únicos representantes de nuestra vida cultural. Al humanismo clásico que dio su mejor fruto en Bello, en Fermín Toro, en Juan Vicente González no lo sustituyó en nuestra enseñanza universitaria (fábrica de profesionales) el humanismo moderno en que pensó Cecilio Acosta. Nuestra cultura superior ha sido —como en todos los países sudamericanos— algo extraño al medio; flo­tante sobre nuestra realidad, ajeno al misterio propio que se llama el país. Glosa, repetición, traducción, fue la forma de nuestras universida­des anquilosadas. El sabio solía ser el abogado instruido en los códigos de los más lejanos países y que almacenaba en su memoria las senten­cias de la Corte Federal de Casación. Por ello existe tan profundo abismo entre las leyes fabricadas en Caracas y la oscura circunstancia autóc­tona. Por ello, lo que tiene más valor en la producción cultural vene­zolana son algunas obras de imaginación donde el instinto del artista —como en ciertas páginas de poesía o de novela— tropezó, más incons­ciente que conscientemente, con el secreto o el enigma nativo. Algu­nos hombres de ciencia bien dotados, capaces de investigar y crear en un medio que no los comprendía, han trabajado terriblemente solos. Al margen de ellas, con el empirismo, la rutina, la copia mecánica de la Ley y el Decreto, permanecía el Estado venezolano.
Contra la inteligencia creadora y renovadora que en un medio de lucha cultural como el europeo transforma la realidad, abre la brecha de nuevos destinos sociales, han conspirado entre nosotros no sólo la ignorancia, sino el materialismo de una época de tanta depresión moral como la de la dictadura de Gómez. El destino mágico y extraordinario de aquel campesino astuto y rapaz hacía pensar a muchos que el di­nero adquirido de cualquier manera y el poder eran los dos únicos va­lores humanos. Conocible y explicable era el desdén de Gómez por los letrados. ¿No le daban forma ellos a sus más oscuras intenciones? ¿No le reformaban la Constitución cuando así convenía a los negocios del “jefe”?
El dinero fácil compraba los hombres o los hundía en el carnaval de favores, humillaciones e indignidades. Unos ingenieros yanquis ha­bían descubierto el petróleo y la riqueza fiscal mal administrada servía para la corrupción cotidiana de almas. Muchos que tenían capacidad y talento se perdieron en esta gran feria de vanidad y de peculado. No hay una vida intelectual organizada porque no se la necesita, y los cua­tro temas de la literatura oficial: la “Paz”, el “Trabajo”, el “Benemé­rito”, los “malos hijos de la Patria” agotaron ya su posibilidad expre­siva. A través de veintisiete años ha caído regular, monótonamente el mismo diluvio de adjetivos. Desaparecieron las revistas donde en otro tiempo se discutían problemas nacionales. Unos cuantos semanarios grá­ficos que publican las instantáneas de una corrida de toros o el “gene­ral de las Delicias” sirven para darle cabida y satisfacción a la intelec­tualidad gomecista. La otra intelectualidad está aherrojada en las pri­siones, dispersa en el extranjero o reducida al silencio en la propia Pa­tria. En la Universidad se seguía repitiendo el Derecho Romano de Gas­tón May y la Anatomía de Testut. Con ello se obtenía un título, y si se era dócil era posible incorporarse al rodaje de la pesada, rutinaria —pero eterna— máquina dictatorial. . .
Una tan larga experiencia de males nos da acaso, por contraste, la posibilidad de cambiar. Es ahora el instante de volver por esa tra­dición cultural que perdimos, pero que vivió con anhelo constructivo en algunos de los mejores y excepcionales hombres que ha dado el país. Contra el empirismo, la violencia, la eterna sorpresa y la aventura criolla podríamos invocar la inteligencia que planea. La inteligencia, no como adorno y objeto inútil, como evasión y nostalgia, sino como comprensión y revelación de la tierra. Es una especie de plan para recu­perar el tiempo; el tiempo que aceleró Bolívar y que después se retardó y empezó en la maleza oscura de nuestra ignorancia y nuestra desidia. El problema de la inteligencia nacional es el de aprovechar la energía perdida, de hacer consciente lo que hasta ahora sólo fue como rápida iluminación en algunos escritores y algunos artistas: de abrir —para los que estaban perdidos y ciegos— las ventanas y los caminos que se proyectan sobre el mundo. 



Mariano Picón Salas

1940

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